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De la vida Real -
De la Vida real
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Escrito por Mariano Bequer-Director Poético y Cultural
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Lunes 19 de Enero de 2009 10:33 |
La infidelidad virtual es una traición, tan traición como cuando antes de la existencia de la computadora eran las llamadas telefónicas. Recuerdo las llamadas telefónicas de aquella época. Uno leía en los diarios los famosos "correos del amor": Me llamo Johnny Casarrubias, soy un chico apuesto de ojos celestes, 16 años, estudiante del 5to año de secundaria, me gustan las fiestas, soy muy romántico y sobre todo fiel, mi teléfono es 4190574 y quiero conocer a chica de 15 años, blanquita, de cabellos rubios, dulce, alegre y amante de las fiestas, para una sana amistad como inicio de una futura y hermosa relación sentimental. Suena el teléfono y Susy es la que llama a Johnny: -Hola Johnny, leí tu avisito en el "Correo del Amor" y la verdad es que tu descripción me ha encantado. Me llamo Susy y soy la misma chica que describes en tu aviso ¿Podemos ser amigos?... etcétera y etcétera. Se hacen amigos y Johnny no conoce personalmente a Susy por una y mil excusas, pero la amistad telefónica de ellos pasa a mayores, pues se comprometen a un noviazgo que ambos, especialmente ella, ansían se haga realidad alguna vez. Nuestro Jonny del cuento, no sólo ha recibido la llamada de Susy, también lo llamó Mayra, Lorena, etc y más etc. y con todas, establece amistad telefónica que luego se transforma en noviazgo. ¡Con muchas a la vez! Y destroza el sueño juvenil de incautas jovencitas que, en el despertar del amor piensan que han encontrado al chico de sus vidas. El tal Johnny se apellida Casarrubias, ¿Estará acaso, a la caza de rubias?. Desde que empieza el despertar del amor muchísimos adolescentes, jovencitos y jovencitas caen en la ingenuidad. Esta historia ocurría con muchas jovencitas, hacen ya 50 a 60 años, y aún ahora sigue ocurriendo con los chateos, incluso mediante las WebCam y los textos de los celulares. Es decir, la traición o infidelidad se ha modernizado. El ser humano no aprende hasta que recibe el golpe de la traición. Y ésto ha ocurrido, ocurre y ocurrirá por los siglos de los siglos, amén. Mariano Bequer Director Poético y Cultural |
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De la vida Real -
De la Vida real
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Escrito por Mariano Bequer- Director Poético y Cultural
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Lunes 19 de Enero de 2009 10:13 |
Aurelio Baldor, el autor del libro que más terror despierta en los estudiantes de bachillerato de toda Latinoamérica, no nació en Bagdad, sino en La Habana (Cuba), y su problema más difícil no fue una operación matemática, sino la revolución de Fidel Castro. Esa fue la única ecuación inconclusa del creador del Álgebra de Baldor, un apacible abogado y matemático que se encerraba durante largas jornadas en su habitación, armado sólo de lápiz y papel para escribir un texto que desde 1941 aterroriza y apasiona a millones de estudiantes de toda Latinoamérica. El Álgebra de Baldor, aun más que El Quijote de la Mancha, es el libro más consultado en los colegios y escuelas desde Tijuana hasta la Patagonia. Tenebroso para algunos, misterioso para otros y definitivamente indescifrable para los adolescentes que intentan resolver sus "misceláneas'"a altas horas de la madrugada, es un texto que permanece en la cabeza de tres generaciones que ignoran que su autor, Aurelio Ángel Baldor, no es el terrible hombre árabe que observa con desdén calculado a sus alumnos amedrentados, sino el hijo menor de Gertrudis y Daniel, nacido el 22 de octubre de 1906 en La Habana, y portador de un apellido que en francés significa "valle de oro" y que viajó desde Bélgica hasta Cuba. Daniel Baldor reside en Miami y es el tercero de los siete hijos del célebre matemático. Inversionista, consultor y hombre de finanzas, Daniel vivió junto a sus padres, sus seis hermanos y la abnegada nana negra que los acompañó durante más de cincuenta años, el drama de la revolución cubana. Aurelio Baldor era el educador más importante de la isla cubana durante los años cuarenta y cincuenta. Era fundador y director del Colegio Baldor, una institución que tenía 3.500 alumnos y 32 buses en la calle 23 y 4, en la exclusiva zona residencial del Vedado. Su hijo Daniel lo recuerda como "Un hombre tranquilo y enorme, enamorado de la enseñanza y de mi madre, quien hoy lo sobrevive, y que pasaba el día ideando acertijos matemáticos y juegos con números". Daniel evoca a su padre caminando con sus 100 kilos de peso y su proverbial altura de un metro con noventa y cinco centímetros por los corredores del colegio, siempre con un cigarrillo en la boca, recitando frases de Martí y con su álgebra bajo el brazo, que para entonces, en lugar del retrato del sabio árabe intimidante, lucía una sobria carátula roja. Los Baldor vivían en las playas de Tarará en una casa grande y lujosa donde las puestas de sol se despedían con un color distinto cada tarde y donde el profesor dedicaba sus tardes a leer, a crear nuevos ejercicios matemáticos y a fumar, la única pasión que lo distraía por instantes de los números y las ecuaciones. La casa aún existe y la administra el Estado cubano. Hoy hace parte de una villa turística para extranjeros que pagan cerca de dos mil dólares para pasar una semana de verano en las mismas calles en las que Baldor se cruzaba con el "Che" Guevara, quien vivía a pocas casas de la suya, en el mismo barrio. "Mi padre era un hombre devoto de Dios, de la patria y de su familia", afirma Daniel. "Cada día rezábamos el rosario y todos los domingos, sin falta, íbamos a misa de seis, una costumbre que no se perdió ni siquiera después del exilio". Eran los días de riqueza y filantropía, días en que los Baldor ocupaban una posición privilegiada en la escalera social de la isla y que se esmeraban en distribuir justicia social por medio de becas en el colegio y ayuda económica para los enfermos de cáncer. El 2 de enero de 1959 los hombres de barba que luchaban contra Fulgencio Batista tomaron La Habana. No pasaron muchas semanas antes de que Fidel Castro fuera personalmente al Colegio Baldor y le ofreciera la revolución al director del colegio. "Fidel fue a decirle a mi padre que la revolución estaba con la educación y que le agradecía su valiosa labor de maestro... pero ya estaba planeando otra cosa", recuerda Daniel. Los planes tendría que ejecutarlos Raúl Castro, hermano del líder del nuevo gobierno, y una calurosa tarde de septiembre envió a un piquete de revolucionarios hasta la casa del profesor con la orden de detenerlo. Sólo una contraorden de Camilo Cienfuegos, quien defendía con devoción de alumno el trabajo de Aurelio Baldor, lo salvó de ir a prisión. Pero apenas un mes después los Baldor se quedaron sin protección, pues Cienfuegos, en un vuelo entre Camagüey y La Habana, desapareció en medio de un mar furioso que se lo tragó para siempre. "Nos vamos de vacaciones para México, nos dijo mi papá. Nos reunió a todos, y como si se tratara de una clase de geometría nos explicó con precisión milimétrica cómo teníamos que prepararnos. Era el 19 de julio de 1960 y él estaba más sombrío que de costumbre. Mi padre era un hombre que no dejaba traslucir sus emociones, muy analítico, de una fachada estricta, durísima, pero ese día algo misterioso en su mirada nos decía que las cosas no andaban bien y que el viaje no era de recreo", dice el hijo de Baldor. Un vuelo de Mexicana de Aviación los dejó en la capital azteca. La respiración de Aurelio Baldor estaba agitada, intranquila, como si el aire mexicano le advirtiera que jamás regresaría a su isla y que moriría lejos, en el exilio. El profesor, además del dolor del destierro, cargaba con otro temor. Era infalible en matemáticas y jamás se equivocaba en las cuentas, así que si calculaba bien, el dinero que llevaba le alcanzaría apenas para algunos meses. Partía acompañado de una pobreza monacal que ya sus libros no podrían resolver, pues doce años atrás había vendido los derechos de su álgebra y su aritmética a Publicaciones Culturales, una editorial mexicana, y había invertido el dinero en su escuela y su país. La lucha empezaba. Los Baldor, incluida la nana, se estacionaron con paciencia durante 14 días en México y después se trasladaron hasta Nueva Orleáns, en Estados Unidos, donde se encontraron con el fantasma vivo de la segregación racial. Aurelio, su mujer y sus hijos eran de color blanco y no tenían problemas, pero Magdalena, la nana, una soberbia mulata cubana, tenía que separarse de ellos si subían a un bus o llegaban a un lugar público. Aurelio Baldor, heredero de los ideales libertarios de José Martí, no soportó el trato y decidió llevarse a la familia hasta Nueva York, donde consiguió alojamiento en el segundo piso de la propiedad de un italiano en Brooklyn, un vecindario formado por inmigrantes puertorriqueños, italianos, judíos y por toda la melancolía de la pobreza. El profesor, hombre friolento por naturaleza, sufrió aun más por la falta de agua caliente en su nueva vivienda, que por el desolador panorama que percibía desde la única ventana del segundo piso. La aristocrática familia que invitaba a cenar a ministros y grandes intelectuales de toda América a su hermosa casa de las playas de Tarará, estaba condenada a vivir en el exilio, hacinada en medio del olvido y la sordidez de Brooklyn, mientras que la junta revolucionaria declaraba la nacionalización del Colegio Baldor y la expropiación de la casa del director, que sirvió durante años como escuela revolucionaria para formar a los célebres "pioneros". La suerte del colegio fue distinta. Hoy se llama Colegio Español y en él estudian 500 estudiantes pertenecientes a la Unión Europea. Ningún niño nacido en Cuba puede pisar la escuela que Baldor había construido para sus compatriotas. Lejos de la patria Aurelio Baldor trató en vano de recuperar su vida. Fue a clases de inglés junto a sus hijos a la Universidad de Nueva York y al poco tiempo ya dictaba una cátedra en Saint Peters College, en Nueva Jersey. Se esforzó para terminar la educación de sus hijos y cada uno encontró la profesión con que soñaba: Un profesor de literatura, dos ingenieros, un inversionista, dos administradores y una secretaria. Ninguno siguió el camino de las matemáticas, aunque todos continuaron aceptando los desafíos mentales y los juegos con que los retaba su padre todos los días. Con los años, Baldor se había forjado un importante prestigio intelectual en los Estados Unidos y había dejado atrás las dificultades de la pobreza. Sin embargo, el maestro no pudo ser feliz fuera de Cuba. No lo fue en Nueva York como profesor, ni en Miami donde vivió su retiro acompañado de Moraima, su mujer, quien hoy tiene 89 años y recuerda a su marido como el hombre más valiente de todos cuantos nacieron en el planeta. Baldor jamás recuperó sus fantásticos cien kilos de peso y se encorvó poco a poco como una palmera monumental que no puede soportar el peso del cielo sobre sí. 'El exilio le supo a jugo de piña verde. Mi padre se murió con la esperanza de volver', asegura su hijo Daniel. El autor del "Algebra de Baldor" se fumó su último cigarrillo el 2 de abril de 1978. A la mañana siguiente cerró los ojos, murmuró la palabra Cuba por última vez y se durmió para siempre. Pero sus siete hijos, quince nietos y diez biznietos, siempre supieron y sabrán que a Aurelio Baldor lo mataron la nostalgia y el destierro. - - - - - - - - - Mariano Bequer Director Poético y Cultural |
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De la vida Real -
De la Vida real
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Escrito por Mariano Bequer-Dir. P. y cultural
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Domingo 09 de Noviembre de 2008 08:50 |
Cuando tenemos un sueño agitado, debido al exceso de una cena o por el estrés, sufrimos lo que se conoce como "pesadilla". Y cuando eso le ocurre a una persona de habla inglesa entonces se le llama "nightmares", cuya traducción literal es yegua nocturna. En alemán a esos los malos sueños se les denomina "alpatraun" que significa sueño de los alpes. En francés se le dice "couchemar" que significa acostarse en una alcantarilla. Y si la pesadilla le ocurre a un italiano, entonces éste dice que tuvo un "incubo", es decir un demonio familiar.
Mariano Bequer Director Poético y Cultural |
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De la vida Real -
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Escrito por Karla G. -Directora Ejecutiva
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Domingo 09 de Noviembre de 2008 08:29 |
Hola amigos, hoy quiero dejarles este relato sobre algo que no olvido y esta en mis recuerdos. Estaba en sexto de primaria cuando me ocurrió esto que les voy a platicar: Tenía una amiga (Se llama Sara) con la que compartíamos una bella amistad, además de que éramos vecinas, la quería muchísimo, resulta que un día por la tarde después de terminada mi tarea, como era mi costumbre pedí permiso para salir a jugar con Sara y como siempre ella ya me esperaba, esa tarde me dijo vamos a la tienda y compramos chocolates, le dije si vamos, en el camino a la tienda había un terreno que solo tenía construidas las bardas o muros, mas o menos a la altura de lo que es una casa normal, ella me dijo que la que no se subiera y caminara por todo el borde era una miedosa, así que yo muy valiente me subí y atrás de mi ella, cual no va siendo mi sorpresa que de pronto sentí sus manos aventándome hacia adentro del terreno, caí de espaldas, no lo olvido, fue un golpe muy duro y creí me desmayaría, me falto el aire, me asuste muchísimo, recuerdo que ella gritaba solo estaba jugando, pidió ayuda y me sacaron gracias a Dios no me paso nada malo, tal vez fue el hecho de que había arena y eso aminoro el golpe, desde ese día todo cambió entre ella y yo, le pregunte el por que lo había hecho, solo dijo, estaba jugando perdóname, comprendí con dolor que ella no era una amiga sincera, no me quería como me lo decía, nunca mas volví a confiar en ella y me aleje poco a poco hasta que llego el día que ya ni nos hablábamos, por lo que me daba tristeza, pero me dije personas como ella mejor de lejos. Cuando recuerdo ese hecho aun me pregunto con que intensión lo hizo y el por que lo hizo, en verdad lo haría jugando?
La verdadera amistad no hiere, no lastima, no juega de esa manera, no siente envidia, ni celos, la verdadera amistad te abraza con sinceridad y de corazón, sin hipocresías, es tan feo decir amiga a alguien que no lo es, que solo finge para sacar provecho para si misma.
Regala una sonrisa, regala amistad y brinda tu mano amiga con sinceridad.
Un saludo de Karla González Directora ejecutiva. |
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Escrito por Mariano Bequer-Director Poético y Cultural
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Miércoles 22 de Octubre de 2008 19:11 |
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Tenía yo, aproximadamente doce años, una edad en la que muchos descubren dos caminos a seguir: El camino de Dios o el camino del mundo. Pues bien, hube soñado en varias oportunidades que mi madre me enviaba a la tienda de la esquina a comprar. Debo decir que vivía en un conjunto de bloques y la iglesia más cercana estaba a ocho cuadras. El convento más cercano estaba a 8 kilómetros, en la ciudad de Lima (yo vivía en El Callao). De pronto en mi sueño, me encontraba ante un muro largo y alto y en la esquina |
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